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lunes, 8 de junio de 2015

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Registro de una 'bicita'  a Puente Abadía


Por @Ampuntonet

El objetivo era pedalear hasta los cafetales de Puente Abadía y tomarnos un buen tinto. Al final, no hubo ni tinto ni mucho café, pero el paisaje, sobre el cañón del Guatiquía, es fenomenal, salvo las pronunciadas heridas de la montaña: Las areneras están desmoronando parte de la reserva forestal Cerro Vanguardia. Ilegal o no, el daño es visible.

Puente Abadía es una de las veredas de Villavicencio y está cercada por el río Guatiquía. En bicicleta son casi 20 kilómetros de recorrido, con empinadas subidas y caminos agrestes bañados por pequeños nacimientos que brotan del cerro. Se puede llegar por la ruta al aeropuerto, en Vanguardia.

Antes de cruzar el antiguo puente sobre el río Guatiquía, al costado derecho, aparece la primera subida. Con Óscar, el acompañante de esta ruta y gran fotógrafo, no logramos subirla de un solo envión. 'Bicicaminamos' por algunos pasajes. Durante el ascenso fueron apareciendo las heridas en la montaña.  Conté al menos diez zonas de explotación de arena, algunas lucían más ilegales que otras. Eran como espacios deforestados con picas y palas de particulares. Otros, tenían cerramientos y vigilantes.

El pico más alto del recorrido está a 626 metros de altura. Desde allí se observa parte de la ciudad y las aguas turbias del Guatiquía. Desde donde nos encontramos se aprecia como el río se bifurca una y otra vez hasta perderse en medio de la cordillera. Su cause zigzaguea  formando  islas de arena negra a sus alrededores. En algunas de ellas ya hay vegetación.

El paisaje es ideal para fotografiar. La seguridad, explica un viejo campesino de piel curtida que baja todos los días a su labor de ordeño, ha mejorado. “Hace años teníamos muchos problemas de seguridad, pero desaparecieron. A los delincuentes los fueron matando”, recuerda, antes se seguir su camino junto con un perro criollo.

 El descenso para salir de una a otra montaña desajusta cualquier bicicleta. Si tus músculos no tienen la firmeza del entrenamiento vibrarán como gelatina y, sin guantes, tus manos desearían estar protegidas por callosidades. La tierra es húmeda,  los riachuelos atraviesan el camino preferido por los ciclistas de montaña (MTB). Las siglas aparecen en la señalización que ha hecho la  Alcaldía de Villavicencio. El aire es fresco, los pulmones reciben oxígeno más limpio y la vegetación del sector te protege del sol.

Muy cerca a los cafetales, de donde oficialmente dicen que sacan la producción para abastecer a unas tiendas de café en la ciudad, aparece en el horizonte el que se rumoró haber sido un campamento de inteligencia ‘gringa’, hoy convertido en un internado. Hay salones a lado y lado de la carretera y grandes zonas verdes. Un lujo para el sector rural.

A diez minutos de la escuela de Puente Abadía aparece una cerca viva. Allí queda la planta de producción de café y las hectáreas sembradas del grano.  Algunos nos dicen que solo hay dos hectáreas, otros, que tres y medio. Entonces, dejamos las bicicletas a un costado de la vía para buscar autorización de ingreso al cafetal. Nadie responde en la finca. La señal de telefonía celular no existe y no logramos contacto con los administradores del predio.

Atraídos por el letrero de ‘Se venden minutos’, nos acercamos a una finca aledaña. Tuvimos que ingresar a la propiedad, porque el aparato está adentro, amarrado a una biga de madera. El que sería una 'flecha' en la ciudad es ahora el celular más deseado de la vereda. “Esta es la única forma para que entre la señal”, explica Alba, la dueña, justificando la ubicación del celular. Aprovecha para comentar que no les han querido instalar una antena para mejorar las conexión celular y que hay problemas con una obra del acueducto.  

Es puente festivo y la mujer se extraña de que a esa hora, nueve de la mañana, no hayan pasado muchos ciclistas. Su esposo nos habla de las bondades de la tierra, es negra y se cultiva de todo, no como la de más abajo, la de las areneras, aclara. Aprovechamos para preguntarle si eso los afecta. Cree que no. Nunca terminarían con la montaña, agrega. A veces se llevan a alguien a la cárcel, pero sale, el problema es que esa es su forma de vivir. El hombre se refiere al empleado raso, al campesino y no a los propietarios de las areneras, que son los que más tajada se llevan. Retoma el tema de la siembra, dice que una hectárea de tierra en ese lugar está costando unos 100 millones de pesos, ochenta menos que hace un lustro. Tampoco cree que el café que cultivan sus vecinos sea ciento por ciento orgánico y para él, no es negocio plantarlo en esa zona. De hecho, asegura, el grano también lo traen de otros municipios y veredas.

Minutos después de hacer la llamada, logramos el permiso de ingreso. El vecino parece tener razón. En la planta solo hay un bulto de café y la máquina que allí tienen ha sido utilizada una sola vez, dice un joven que nos sirve de  guía. Mientras hacemos el recorrido, aparece, como por arte de magia y metido en una licra de ciclista, Juan Manuel Toro (secretario de Competitividad de Villavicencio), acompañado de dos jóvenes. Uno de ellos con cámara en mano nos toma fotografías y disimula haciendo  tomas a la máquina. Minutos después se van.

Nuestro guía confirma que esperan una tonelada de café de otros municipios, cree que el personaje de la visita hace parte de los socios, explica que gracias a la Alcaldía les hicieron un millonario préstamo para el proyecto, que si cumplen con un tope de ventas ya solo deberían la mitad. En la finca hay una afiche grande del candidato de la Alcaldía y dice que votaría por él.  Nos lleva a la plantación. En realidad no es mucha. En esta época no hay cosecha, pero el recolector asegura que no todo el grano es rojo en cosecha. Hay que recoger en diferentes épocas. Así, entre charla y charla, el recorrido en los cafetales termina. Quedamos con ganas de un tinto, pero si no hay café, mucho menos tinto, entiendo.

De nuevo en la bici. Tomamos el camino por donde llegamos, pero hacemos un giro a la derecha para descender por un sendero construido en piedra, hasta llegar al famoso puente colgante favorito de los ciclistas. Hay tablas incompletas y el río golpea fuerte contra sus cimientos. Algunos lo cruzan pedaleando, otros, caminando. Por esa ruta, que es al otro lado del Guatiquía, el regreso es más suave y conecta con la vereda La Argentina, una de las rutas preferidas del colectivo de Bicinavegantes (Lea 'Así pedaleamos a La Argentina').  Allí llegan los ciclistas a hidratarse, algunos con alguna que otra cerveza mientras escuchan  historias, chismes o realidades que nunca faltan. “El alcalde se cayó por aquí cerca y le dio miedo seguir. Ya no viene”. “A veces se nos meten los delincuentes del Guatiquía, pero aquí los espantamos a bala o machete”. “El otro día vino un campeón de ciclismo. Y ese man baja en su cicla como a ochenta kilómetros por hora”. “Los bicinavegantes es el mejor colectivo de ciclistas”.









Ruta de regreso

Ruta de ida

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