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domingo, 1 de febrero de 2015

On 19:32 by bici navegantes in ,    No comments

Cerca de 60 kilómetros de distancia, 12 horas de recorrido, una subida, de 103 metros, bordeando el piedemonte llanero por el lado que une a Villavicencio con Restrepo, y un descenso, de 118 metros, desde el último punto a Cumaral. Eso, sin incluir la dura subida al mirador llanero, un pequeño punto del llamado Corredor Turístico Caney Alto, en la capital salinera del departamento, y un desvío por el corregimiento de Guacavía, son algunas de la cifras de nuestro recorrido realizado el domingo pasado, un viaje cargado de adrenalina, lluvia, humedad, paisajes, subidas, bajadas... 6:15 de la mañana.

Primera parada: Avenida Los Maracos, entre la terminal de transportes de Villavicencio y la Villa Olímpica. Allí, con un áspero e incómodo jean, el fotógrafo Óscar Bernal esperaba. La idea era seguir hasta el Hotel Rosado. Gustavo de la Peña y Luis Fernando Charrupí, cuasi colegas, se unirían al recorrido. El segundo no llegó, a cambio envió un mensaje: “Mi mamá no me quiere dejar ir así (…) En la próxima los acompaño”. El niño de mami había llegado a la madrugada y no era hora de salir.

 Los tres emprendimos el recorrido bajo un amago de lluvia que solo aparecería de regreso a casa y cuando las sensaciones de punzadas aparecían en lugares donde nunca llega el sol. También en la manos, desde el pulgar hasta el meñique. Le pasa a todos los neonatos ciclistas, los recién iniciados, aquellos que cuando se aproxima un vehículo bajan la velocidad, aprietan exageradamente los puños de sus manos, la fuerza en brazos llega a ser más fuerte que la que aplican con sus piernas, toman fotos para enaltecer su ego ciclístico y en algunas ocasiones terminan en la cuneta. Esos somos nosotros. En cada parada una foto: puente sobre el río Guatiquía y ‘Burrolandia’, un sitio de alquiler de burros y caballos, por 10.000 pesos.



Entre foto y foto, llegamos a Restrepo, municipio cuya producción salina es el orgullo de su pueblo, hasta hace parte de su escudo, pero allí, todos llegan preguntando por el pan de arroz. En la primera fábrica nos hidratamos un poco. Por fortuna, encontramos cicloparqueaderos, aunque reducidos. Los domingos no dan abasto, pero la lluvia de la noche anterior espantó a los ciclistas. Seguimos nuestro camino al pueblo. Se unió Carlos, conocido como ‘mechas’, el de la ingeniosa idea de subir al mirador.


Ajustamos frenos y subimos como queriendo desafiar a Nairo. De ahí en adelante lo mejor fue el paisaje, la fatiga era evidente. En las última cuatro curvas, las piernas no aguantaron, ni siquiera carretiendo la ‘bici’ dejaban de templar. Los profesionales del ciclomontañismo nos dejaban en el camino. El mirador no tiene cicloparqueadero. El lugar donde dejan las ciclas es alejado de la vista y fácil para los amigos de lo ajeno. ¿Quién los alcanza en descenso, en el hipotético caso de que rueden con ella? Llegó la hora de partir. Vinieron las fotos y el celular quedó encendido en el modo de video. Parte del descenso está grabado. El viento, el chillar del freno, como diciendo no más, daba cuenta de la adrenalina que se sentía. Perdí el control de la ‘bici’. La calle empedrada y con baches por poco causa un accidente. Me vi de cara contra la cerca, con las huellas del alambre de púas en el rostro. Pero no, alcancé a frenar.

En la distancia se perdían mis acompañantes. Óscar sorprendió. Con su cicla señoritera y sin cambios, el fotógrafo, que lucía su cabeza pelada, bajó en contrarreloj, como si estuviera en competencias. Ni Gustavo con sus cicla de millón y medio lo alcanzó. Tomamos la vía que conduce a Guacavía, el corregimiento que hace año y medio recibió el bombazo del río que lleva su mismo nombre. Allí se llega por una vía destapada, como bañada en gravilla y con un pequeñísimo tramo pavimentado para facilitar el ingreso a las bellas fincas.

Cuando aparecen de nuevo las casas de techo de zinc, los pedazos de pavimento que arrancó el bombazo aparecen como residuos de una tragedia. La ‘bici’ se resiente. La cadena chilla y el manubrio se desajusta. Son las 11:00 de la mañana y ‘Oscar pelea entre dientes. Ha quemado la suficiente energía para devorarse una ternera completa. Al final, se queda con una simple sopa de mute. El sancocho todavía no está. Estamos en ‘Colladollanero’, el restaurante cuya atracción principal, además de la comida, es el desbarajustado puente de madera, al fondo. Las tablillas están incompletas, en algunos puntos es necesario saltar para alcanzar la otra. Si fallas, caes al Guacavía.


Nos arriesgamos a subir en él con los caballitos de acero, solo para la foto, somos principiantes. Nuestro siguiente destino fue Cumaral, ubicado a 26 de kilómetros de Villavicencio. Antes de alcanzar la meta, nos retratamos con la ciclas frente al cementerio del Guacavía. Estábamos muertos, literalmente, de tanto pedalear. También pasamos por el Colegio Emiliano Restrepo Echavarría. El lamentable estado de su fachada, paredes y ventanas hacen creer los desprevenidos turistas que está abandonado.



 12:00 del mediodía. Las campanas suenan. Estamos en la ‘ciudad cordial’, hermoso municipio que tomó el nombre de la palma de cumare. Es el hogar de ‘mechas’. Allí descansamos mientras Óscar se zafaba el pesado jean y vestía una pantaloneta que más parecía uno de esos bóxer anchos que usan los adolescentes. También, un par de tenis prestados para reemplazar las botas, que de ser de noche, combinarían perfectamente con su famoso chaleco reflectivo.


 Nuestro regreso estuvo bañado con una fuerte lluvia. Las flotas y tractomulas, por momentos, hacían que nuestras ciclas se salieran de la vía a la cuneta. Las ‘bicis’ ganaban peso con el agua, el barro saltaba por entre las llantas hasta colarse en la ropa y el adormecimiento de manos era notable. Aún están cansadas. No escribiré más por hoy. Solo una cosa más, estamos en Villavicencio con un nuevo record personal: cerca de 60 kilómetros en un día de ‘bici’.

 @AMpuntonet
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