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domingo, 25 de enero de 2015

On 17:56 by bici navegantes in ,    1 comment


Domingo, 25 de enero. El primero de mis #30DíasEnBici me sacó de la rutina. No solo me uní a la iniciativa de no dejar de pedalear ni un solo día de los próximos treinta y de registrar en redes sociales algo de lo que ocurre, sino que por cosas del destino hoy mi recorrido fue distinto al de las dos semanas anteriores, cuando me propuse llegar a mi trabajo en mi ‘caballito de acero’.
Hoy estrené oficina. Ya no está en el Siete de Agosto sino en el Barzal. Hoy me desvié de la ruta, hice una parada en la terminal de transportes. Allí dejé a alguien muy especial en mi vida. Las vacaciones terminaron y mi hijo volvió a su ciudad natal. Hasta hoy supe del pequeño espacio que hay para parquear. Claro, ocurrió después de recibir un moderado regaño por rodar la cicla dentro de las salas de espera, si es que así se le puede llamar a los asientos metálicos de una vieja terminal. Al salir vi los cicloparqueaderos,  justo frente al cajero automático de la entidad que popularizó al corresponsal llanero de los mundiales. Creo que no hay espacio para más de 10 ‘bicis’. Solo había dos estacionadas. Seguí la ruta.
 La Avenida Los Maracos a veces me estresa. Al parecer no respetan las  horas de cargue y descargue ni los prohibido parquear. El hecho de esquivar un camión o un vehículo mal parqueado aumenta el riesgo de terminar en un emparedado de latas o bajo el chasis de un carro. Sin embargo, el flujo vehicular de hoy domingo fue menor.
Esta vez, al llegar a la Villa Olímpica, no seguí en línea recta con destino al alto del INEM, la subida más pesada de mi tradicional ruta que conecta al San Benito y desemboca al Siete de Agosto, sino que preferí tomar la Circunvalar y procurar el disfrute de  la recreovía. Nadie respeta la popular frase de ‘mantenga la derecha’: niños, adolescentes, adultos, abuelos, perros, gatos van descarrilados y los deportistas que manejan cierto porcentaje de cultura ciudadana tienen que zigzaguear entre improvisadas canchas, pistas de rumba fitness, vendedores informales, bicicrosistas de asfalto y soportar la contaminación auditiva de los bafles que parecen salidos de los animados barrios costeños, pero con el sello verde oficial. La próxima vez tomaré el alto al INEM, más amigable para un ciclista aunque criticado por la inseguridad.
Luego tomé la Avenida 40, en dirección a Cristo Rey. El embotellamiento fue notable. Acaban de cerrar parte de la calle y el desvío obliga a todos a tomar mi ruta hacia el Siete de Agosto, ahora Barzal. No tuve mayores problemas, salvo los motociclistas que no respetan semáforo ni línea de espera y en su afán por adelantar casi que desplazan al ciclista contra los andenes.
El deterioro de la calle hacia el Barzal pasa inadvertida para los conductores de carros, pero para los amantes de la bici  con un caballito de acero sin amortiguación es notable. Ahí es cuando uno se da cuenta de cuáles son los ajustes que necesita su liviano vehículo de dos ruedas y de dónde provienen los ruidos, como el que ahora cargo en rines. En fin, llegué a la nueva oficina luego de recorrer 6 kilómetros, según Google Maps, en aproximadamente 35 o 40 minutos, sin contar la espera en la terminal.
¿Si los empleados se quejan de la falta de parqueo para motos y carros en el nuevo sitio, imagínense que podré haber dicho yo? No vale la pena. Solo alcé mi cicla, pasé entre cajas por la recepción y bajé hasta el pequeño patio que conecta a mi puesto de trabajo. Quizá dos metros cuadrados de patio, con una planta en la mitad. Ahí quedó la ‘bici’ hasta las cuatro o cinco de la tarde cuando salí. Fue un día atípico. La  jornada  se extiende más allá de las siete de la noche, frecuentemente, pero gran parte del diario quedó cerrado el viernes para evitar complicaciones con la mudanza.
El regreso a casa fue distinto. Bajé por la calle que da al Palacio de Justicia y giré a la derecha para seguir por la vía a Puerto López. En el tramo entre el INEM y la Báscula lo más incómodo para los ciclistas son las rejillas. Sus respiraderos no están perpendiculares al trayecto sino paralelos al mismo. Es decir, son como carros mal estacionados que hay que esquivar convirtiendo de nuevo al ciclista en carnada para un emparedado de latas.
Volví al alto del INEM, esta vez en descenso como el resto de la ruta por la Avenida Los Maracos, pero los malos conductores se mantienen: motos en las cebras y evitando los semáforos en rojo, peatones despistados que una y otra vez no ven al ciclista, carros fantasmas que aparecen de lado a lado cuando no tienen la vía y el deteriorado paso del anillo vial, en la terminal. Así bajé hasta el sector de Morelia, de nuevo en casa, y en un tiempo de 23 minutos, por cronómetro. La bajada alivió el recorrido, esta vez, de 5,5 kilómetros.

Mi día en cifras
Kilómetros recorridos: 11,5 
Calorías quemadas: 298

Ahorro de dinero: $12.000 (lo equivalente a dos carreras de taxi, aproximadamente).

@AMpuntonet
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