Promovemos la movilidad no motorizada en Villavicencio

lunes, 19 de enero de 2015

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El contraste de la vida y la muerte se hizo presente el día de mi iniciación. Celebramos el nacimiento de una bicinavegante y recordamos el vil asesinato de un promotor de la movilidad no motorizada.

Por @AMpuntoNet - Andres Molano 


Mis manos expelen un olor a petróleo,  el dolor en el cóccix es intermitente y mis piernas a veces tiemblan. Es el ciclopaseo 121 y  la primera vez que pedaleo cuatro días seguidos. El mango de la ‘bici’ es nuevo,  no me acostumbro al sillín. Los viajes abordo de colectivos y las peleas con los taxistas quedaron atrás. Desde el lunes pasado me desplazo en bicicleta al trabajo y la iniciación como ‘bicinavegante’ dejó de ser una amenaza.

A través de Twitter encontré a mí ‘caballito de acero’. Allí trinaron el lugar donde estaba y por $250.000 lo adquirí. En realidad fueron dos. Mi novia Stefanny,  quien me acompaña hoy y quien espero que lo haga por muchos años, hizo lo mismo con unos miles de pesos menos. 

Son las siete y cincuenta de la noche y hay cerca de cuarenta personas escuchando a Jimena Rivera, promotora del transporte no motorizado y líder de los bicinavegantes, colectivo que promueve el uso de la bicicleta. Lleva consigo un pequeño parlante y micrófono, y una carta que más parece una súplica. Allí le pide a la Secretaría de Movilidad de Villavicencio que escuche las  sugerencias, propuestas  e iniciativas del colectivo para mejorar las condiciones de ciclistas y peatones.
Todos la escuchan, menos cuatro o cinco adolescentes a quienes no les importa lo que dice. Zigzaguean y saltan en una llanta, como si sus ciclas no fueran ‘caballitos’ sino ‘canguros’ perdidos en una jungla de cemento. Mientras tanto capturo con la cámara de mi celular lo que ocurre en el inicio de la alameda, junto al Parque Los Fundadores, donde días antes habían quedado de encontrarse.  Unos se toman selfies o autorretratos, otros extienden una tela amarilla con el mensaje  ‘Es tuyo, de todos’, que en realidad está incompleto. El verdadero rótulo es “Tu auto es tuyo, la vía es de todos’, y esperan su turno para firmar la carta o para gritar al aire el número con el que pueden ganar una entrada a un concierto. Son las tradicionales rifas que nunca faltan.

Jimena no trajo su ‘bici’. A dos metros de ella, su vehículo, un Mazda de color gris, está aún con las luces estacionarias encendidas. Hoy la dejaron sola y tuvo que poner el pie en el acelerador. Su amigo Jairo sigue fuera de la ciudad y Marco Álvarez, uno de sus cómplices de las rodadas, acaba de ser padre. Jimena escoltará la caravana ante la falta de apoyo de la administración municipal y ahí yo me pregunto: ¿Cómo el alcalde Juan Guillermo Zuluada, el que está arriba en la misma encuesta,  dice ser promotor de la ‘bici’ si deja solo al grupo de caballitos de acero?  

El nombre de Sara Sofía se escucha a través del parlante. Es el anuncio de que la recién nacida será una bicinavegante más y la jornada se convierte así en una noche de contrastes. Mientras aplauden la noticia,  le rinden homenaje a uno de los ciclistas víctimas de la delincuencia, a Cesar Criollo, asesor de la seguridad vial de Bogotá y promotor de la bicicleta asesinado durante un atraco en diciembre pasado. Por él aplazaron el tradicional ciclopaseo de los miércoles, para rodar hoy jueves simultáneamente con amantes de la ‘bici’ en diferentes ciudades del país. También recuerdan a los ciclistas que han perdido la vida en accidentes en Villavicencio. Cincuenta y nueve resultaron heridos y cinco  perdieron la vida en 2014, dice Jimena, retomando las cifras de Movilidad, sin contar las muertes en la vía a Restrepo, agrega. Se refiere a Camila Romero (q.e.p.d.), arrollada por una tractomula.

Ya hay cerca de 70 ciclistas esperando la partida, incluyendo los incómodos adolescentes que ruedan en su ‘canguro’. Van a ser las ocho y Jimena da instrucciones: “tú te vas adelante y todos lo siguen”, dice mientras señala a Felipe Cobo, uno de sus amigos bicinavegantes. “Hoy me iré en carro. Ahí llevo la ‘bici’  blanca que instalaremos en la Secretaría de Movilidad”, explica.


Entonces busco a mi novia que termina de guardar en una pequeña maleta el mug que recibió como premio por colgar en la página de Facebook del colectivo una de foto suya montando en  bicicleta. Ya estoy junto a ella. A mi lado, sin casco y sin chaleco reflectivo, está Luis Fernando Charrupí, dueño del dominio lamarchavillavo.com, a quien convencí para que se uniera al ciclopaseo. También hice lo mismo con Oscar,  compañero de trabajo y fotógrafo que busca los mejores ángulos mientras  maneja una bicicleta que, por su color morado, parece tomada prestada de su hermana. A ellos les debo  el premio que me iba a ganar más adelante  a manera de broma. “Lleva tres y reclama premió”, escribí en Twitter.

Salimos en carava y la gente apostada a lado y lado de la Avenida 40, silva, ríe y observa la hilera de ciclas. Hay paleteras, monaretas, todo terreno, con cambios y sin cambios. Bajamos hasta el monumento de la mariposa, atravesando una ciclorruta llena de altibajos que aparecen con el deterioro. No hemos avanzado mucho, pero ya hay una distancia significativa entre unos y otros, como si fuéramos persiguiendo al lote en algún embalaje. Creo que la velocidad debe reducirse. Cuando todos vuelven a agruparse, alguien detiene el tráfico de la Avenida 40. No hay paletas informativas, ni radios de comunicación. El dueño de ellos no llegó hoy. Ahora compartimos la vía con los carros.

En el deprimido de El Maizaro, el mismo que conecta con la Avenida del Llano, el manubrio de mi cicla empieza a temblar, quizá son mis brazos. Perdí de vista a Stefanny y cuando quise ubicarla, las ruedas se atascaron en  una alcantarilla. Casi pierdo el control. Unos metros más adelante y bajo la penumbra de la noche y la precaria iluminación del sector, dos muchachas se retuercen del dolor, una más que la otra. “Como cosa rara, los huecos de Villavicencio dejan un herido”,  habla entre los dientes alguien del grupo, refiriéndose a la caída de las dos jóvenes. “Esto no es una carrera, es como una exhibición, no hay que exceder la velocidad”, responde un abuelo de 74 años mientras  carga en su cicla a quien parece ser su nieto. El viejo pedalea desde los 12 años. Eso fue lo que le escuché decir antes de la partida y después de que Jimena propuso conseguirle una rueda de Copenhague para hacer sus rodadas más agradables.  Volvemos al ruedo o mejor dicho, a la rueda.

Ahora transitamos por un sector en el que sus calles me recuerdan el andar por Villa de Leyva, en Boyacá. No me refiero a la belleza de lo colonial sino a lo agreste de sus calles empedradas. Pareciera que los tornillos de la cicla se fueran a salir a causa de la vibración que produce el rozar y golpes de las llantas con los huecos de la calle. Son las paradojas de la vida, el barrio es El Paraíso y allí quedan las oficinas de Movilidad.  Hemos llegado.


Una pequeña cicla pintada de blanco brilla en la oscuridad. Es la misma que Jimena cargaba en el baúl de su carro. Ahora, como un ritual para rendirle homenaje a César Criollo, un hombre la alza en brazos. El fotógrafo dispara y la foto empieza a rodar en las redes sociales. “Una bici blanca es como una cicatriz que deja la muerte de un ciclista”, explica Jimena, antes de su intento por  escribir un mensaje. El spray no fue suficiente para impregnar de pintura la tela. Entonces escogen el poste frente a la Secretaría de Movilidad para colgar la cicla.  Allí, apoyado de una cuerda, un hombre trepa en el poste y con ayuda de algunos alambres la instala. Vienen más fotos, y como si  la seguidilla de trinos que anunciaba el recorrido los hubiera obligado, aparece la Policía ofreciendo acompañamiento.

Hasta ese momento, algunos no sabían lo del ritual de la cicla ni conocían el recorrido. Anna Sánchez, la diseñadora que ha vestido a las reinas del Meta durante tres o cuatro años consecutivos, es una de ellas. Hoy también es su iniciación. La había aplazado por el nacimiento de su hija, que hoy la acompaña. La pequeña está en la única camioneta del parqueadero en el que nos encontramos y que ocupa el mismo espacio de 15 bicicletas. El vehículo lo maneja su madre, mientras sirve de escolta del grupo como lo hace Jimena, quien se apoya en mi hombro y saluda. “¿Eres AMpuntoNet? Mucho gusto, este es tu premio”, dice. Es el mug que me gané por llevar a tres.

De nuevo me alineo con mis tres acompañantes. Retomamos el recorrido y creo que estamos en la mitad de los 12,5 kilómetros de trayecto, que incluye Fundadores, vía Catama, Paraíso, Ceiba, Villa Olímpica y Porvenir. Nos sentimos más libres porque una patrulla abre paso y un motorizado detiene el tránsito de las vías perpendiculares a nuestro pedaleo. Se nota algo improvisación de ambas partes. En algunos sectores ocupamos los dos carriles, los mismos adolescentes invaden los andenes y cierran a los ciclistas. Los taxistas se enojan como si anduviéramos de plan tortuga. Parecen enemigos de los ciclistas. De hecho, el único accidente que envió a una bicinavegante al hospital ocurrió meses atrás con uno de ellos. #FuerzaLaura fue la etiqueta que llegó a las redes sociales y a la prensa en apoyo a su recuperación.

 No sé en qué momento la Policía desapareció, pero acabamos de girar por la Avenida 40, luego de subir por la Circunvalar o calle 15, quizá la más pesada del recorrido.  La caravana de caballitos es más dispersa. No cuento más de 30. El resto seguramente se ha quedado en el camino, en un punto más cercano a sus casas. Yo sigo rodando, pero mis piernas ya no tiemblan. Soy un bicinavegante que acaba de terminar su primer ciclopaseo. Allí, en la meta, está Jimena, una mujer verraca, líder y que como todos los que rodamos esa noche, espera que este miércoles la Alcaldía nos apoye con el acompañamiento y que, finalmente, escuche sus sugerencias y peticiones. Ahora doy la espalda, empiezo un nuevo ciclopaseo, esta vez de regreso a casa.


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