Promovemos la movilidad no motorizada en Villavicencio

martes, 27 de enero de 2015

On 14:49 by bici navegantes in ,    No comments



En el segundo de los #30DíasEnBici fueron más las calorías ganadas que las quemadas y los gastos desbordaron el ahorro del día anterior. La culpa no fue andar en cicla, lo mismo hubiera pasado si tomo un taxi. Esa noche me fui de rumba con mi nueva amiga, la ‘bici’.

De día recorrí 5,5 kilómetros en 35 minutos. De noche, perdí la cuenta. Tome la misma ruta: Maracos, alto al INEM, San Benito, Siete de Agosto y Barzal. Vi las mismas rejillas que incomodan al andar, a otros motociclistas, pero con las mismas manías de adelantar por la derecha, rodar en el andén, evadir la luz roja, cargar bebés en el canto, estacionar en las cebras… Me tragué el polvo y el humo de los carros, pero no perdí la libertad de galopar en mi caballito de acero, de observar la ciudad desde otros ángulos y percibir cosas que nunca noté en el bus o en el taxi.

Tampoco imaginé que detrás de los carros existieran tantos ciclistas urbanos, unos más ágiles que otros, menos prudentes que varios, igual de cansados que yo y con el mismo mapa que se cocina de sudor entre la maleta y mi espalda. Pero los soviéticos, como diría un amigo, los profesionales de la construcción, son los que más pedalean en las mañanas.

Desde que entré a la oficina no supe nada más de mi bici hasta que volví a salir. De regreso a casa siempre pedaleo en caravana con Óscar, otro amigo del reto de los treinta días, pero esa noche el curso cambió. Decidimos explorar el sector hasta terminar sentados en una pequeña mesa de las etílicas tiendas del Parque de los Estudiantes. Las ciclas quedaron bajo el busto de Luis Alexis Omaña García, que más que rendirle un homenaje a los desaparecidos estudiantes de la Universidad Nacional, es el techo de la indigencia. Si mi bici hablara, hubiera pedido pista de retorno, pero no fue así, el vehículo de tracción humana tuvo que compartir terreno con un habitante de calle que allí dormía mientras otro iba y venía tomando lo que quedaba de licor en botellas de otras mesas. La tertulia se alargó dos horas, quizá una más, entre brindis y brindis.

A la charla se unió ‘mechas’, vive en Cumaral y dos veces a la semana pedalea hasta Villavicencio para llegar al trabajo. Dice que son dos horas de viaje, que en las noches siente que cae a la cuneta con el pasar de mulas y camiones. Las luces de los vehículos lo encandilan, frena y sigue pedaleando por la estrecha línea que aparece en el horizonte. Contó anécdotas, como aquella cuando conoció el primer bicitaxi con vagones a lado y lado. Hablamos del próximo ciclopaseo a La Argentina, la vereda a la que llegaremos. Al final, prometió unirse al recorrido. La tertulia terminó. De aquí en adelante lo que escriba podría ser usado en mi contra.

@AMpuntonet
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