Promovemos la movilidad no motorizada en Villavicencio

viernes, 30 de enero de 2015

On 15:15 by bici navegantes in ,    No comments

Por un lado, el viento soplaba entre la cordillera. Del otro,  me parecía escuchar la corriente del Guatiquía, aquel río que nace en el páramo del Chingaza y que bordea a Villavicencio. Sentir el aire frío en un descenso de montaña es de las mejores sensaciones percibidas a bordo de  un ‘caballito de acero’.


Un centenar de ciclistas seguían la ruta hacia la vereda La Argentina, bordeando la cordillera Oriental, por la vía a Restrepo. Me acompañaba, como siempre, Stefy -mi novia-. Desde esa noche ella no ha dado un pedalazo. Sigue resentida de la travesía. Fueron 23 kilómetros de subidas y bajadas, que arrancaron entre vehículos por la Avenida 40 de Villavicencio con rumbo al piedemonte llanero.


Gordos, flacos, barrigones, altos, bajos, niños, adolescentes y adultos pedaleaban paleteras, señoriteras, todoterrenos, urbanas, playeras y cornelias, ciclas de todos los colores, con cambios y sin cambios. Agentes de la Policía nos escoltaban mientras yo les seguía la pista a mis amigos, Gustavo, Charrupí y Óscar, el de la cicla morada y chaleco soviético (ruso), y apuraba a mi chica. 


“Sigue a Jairo -le dije-, apuntando con mis dedos. Es el de la cicla clásica, el fundador de los bicinavegantes”. Iba liderando el recorrido, gritando vivas. Mi novia lo alcanzó, pero de nuevo la fueron pasando los avezados ciclistas.


De repente apareció Jimena, una de la líderes. Se nota que su canastilla está ajustada y el  tra,tra,tra…, que alborotaba en la pasada subida al cerro de Cristo Rey ya desapareció. Solo escuché cuando me recriminó haber dejado atrás a Stefy.  “La dejaste”, exclamó, antes de sugerir que la fuerza debe ser más fuerte en las piernas que en los brazos. Bajé la velocidad, la esperé de nuevo, mientras ella intentaba retomar la cabeza.


Un pinchazo obligó a una parada. Eso fue lo que escuché, al mismo tiempo que Óscar, el fotógrafo, se encaramaba en la camionera de los uniformados. De un momento a otro arrancaron sin decir nada. “Paren, paren, que mi cicla está atrás”, gritó Óscar mientras su chaleco reflectivo, que se asimila más a una capa de anti-superhéroe, parecía enredarse en el platón del vehículo. Ya en el suelo, acomodó su maleta escolar y regresó a la ‘bici’.


El ruido de una  chicharra, esa con la que en la mañana el vendedor llama la atención para ofrecer  leche o mazamorra, llamó mi atención. No era lo uno ni lo otro, se trataba de Jairo, el de Pizza Tomatina y quien, de regreso al punto de partida, describió la ruta como la preferida de los bicinavegantes, el colectivo que rueda por la movilidad no motorizada.


Después de pasar por el Ranchón del Maporal y el antiguo edificio de Bavaria, comenzaron las duras subidas, en las que te preguntas por qué te atreviste a hacerlo, por qué no arreglé los cambios, te quejas del dolor en tus piernas y  te das moral pensando en que todo lo que sube tiene que bajar. Y es así. El recorrido a la vereda parece una montaña rusa. Las bajadas producen nervios, quemas frenos y se te ampollan las manos sin protección. Si tomas un hueco o te desvías por la cunetas, seguro que hasta ahí llegaste. Para fortuna de todos, nada de eso ocurrió. Sí hubo sustos, pero en lo plano, como aquel larguirucho que desvió su mirada hacia el contoneo de una linda chica y terminó con la punta de su cicla clavada en el guardabarros de un bicinavegante, o la novia que, quizá por demostrar que tenía la misma energía de su novio, perdió las luces por la fatiga y terminó en el suelo. “Ya estoy bien”, le dijo a la Policía. “Sí, estás bien, pero cuando pedalees de nuevo, tu cuerpo no va a responder”, le contestaron. Al final, su cicla terminó en el platón de la patrulla y ella, de turista observando las fincas y casas quintas.  


 

   
Don Luis hizo su prima o su agosto o su Navidad adelantada: Aguas, gatorades y energizantes se vendieron en  la tienda ‘Aquí donde Lucho’, como rezaba la pancarta colgada de un palo húmedo. Más que el punto de regreso en La Argentina, parecía una estación del viacrucis de Semana Santa. Por lo menos así lo sugería una cruz de madera clavada al piso y en la que varios ciclistas, recostados a ella, se hidrataban. Otros, solo pensaban en retratarse para luego colgar sus sudoríparas fotos en el ‘feis’, como se refieren a la mina de oro de Zuckerberg, para demostrar así que son los nuevos Nairos o Rigobertos… 


Ahora, de regreso, la que me dejó atrás fue Stefy. Solo la alcancé hasta antes del Ranchón y solo porque fue la parada obligada. Allí muchos dijeron adiós, mientras los mismos que salimos juntos, Charrupí, Gustavo, Óscar, Stefy, regresamos al Parque Los Fundadores, para poder decir que esa noche recorrimos los 23 kilómetros promocionados. 





@AMpuntonet
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